quisiera que la vida materializara en una persona, un transeúnte cualquiera; cruzando un paso peatonal le tomaría por sorpresa del cuello y le estrellaría contra el asfalto.
le patearía la cara hasta desfigurarla, le reventaría el cráneo y le dejaría desangrarse unos minutos. le sacaría los ojos y los guardaría en una bolsa de canicas, premio por la heroica hazaña cometida. arrastraría su cadáver hasta el centro de la intersección más concurrida de santiago, para que los automóviles le atropellen hasta reducirla a trozos de falsa carne desperdigados en el suelo, embarrando con restos y sangre los neumáticos.
luego
vendría la muerte a reclamarme que le he quitado a su enemiga. discutiríamos
arduamente y usaría el vocabulario más hiriente que pudiera ocurrírseme; le haría llorar. se desplomaría en el suelo en un llanto inconsolable, de genuina
convalecencia, pero no encontraría en mi infinito repudio consuelo alguno. le miraría con desdén, le escupiría también, por qué no, y daría media vuelta para
seguir mi camino. destino: ninguno.